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miércoles, 28 de abril de 2010

Los relatos del miedo y la crispación


Por Ricardo Forster*

1 No deja de ser llamativo el modo como se sobreexpone lo que recurrentemente desde ciertos grupos comunicacionales se denomina la “crispación”. Se lo hace focalizándola con exclusividad en lo que dice o deja de decir el Gobierno. Es el oficialismo, según esta visión parcial e interesada, el portador del virus de la violencia verbal e icónica que hoy se despliega por el país acechando la vida del conjunto de la sociedad. La radicalidad del mal está entre nosotros y su lugar de enunciación no es otro que el maléfico kirchnerismo. Toda relación con él supone, a los ojos de ciertos medios de comunicación y de ciertos políticos opositores muy propensos al uso de metáforas escatológicas y a adjetivar estomacalmente con palabras escabrosas y siempre denigratorias, quedar irremediablemente contaminado por el veneno que emana de quienes han llegado para instalar entre nosotros una suerte de dictadura (no deja de ser llamativo el uso espurio y prostibulario que se le da a una experiencia tan brutal y criminal para la memoria colectiva como lo ha sido la dictadura genocida para calificar a un gobierno democrático).

Cualquiera que ose utilizar argumentos en sintonía favorable con mucho de lo realizado en estos años cae inmediatamente bajo la sospecha de “la caja” (¿cuánto le pagan para escribir o decir lo que no debe ser escrito ni dicho sin caer en la peor de las corrupciones espirituales?), de ser un cómplice del autoritarismo y de estar al servicio de los intereses más oscuros y ruines. Lo llamativo, tal vez lo insólito, es que aquellos que esgrimen estos argumentos sofisticados siempre aclaran que la crispación y la violencia verbal provienen de los “rabiosos” kirchneristas o de sus intelectuales “a sueldo”. Basura retórica que siempre elude discutir lo que deberíamos discutir con libertad y altura argumentativa: ¿qué país desean? ¿Qué modelo de sociedad y de Estado defienden? ¿Qué piensan de la distribución más equitativa de la riqueza y de la apropiación de rentas extraordinarias? ¿Qué políticas económicas están dispuestos a implementar para “salvar a la República” del populismo? ¿Qué política de derechos humanos piensan sostener y qué piensan de los juicios contra los militares genocidas? ¿Qué piensan de jueces procesistas que impiden la aplicación de la ley de medios manteniendo, de ese modo, la heredada de la dictadura? ¿Cómo lograrán, si asumen una posición progresista, tocar los intereses de las corporaciones económicas sin “crispar” al establishment y sin poder recorrer, como lo hacen ahora a destajo, los programas de televisión que suelen representar esos intereses? Silencio. Después, claro, agresiones verbales de todo tipo que, eso sí, son virtuosas y virginales de acuerdo al parámetro de los grandes medios de comunicación. Lilita Carrió, Pino Solanas y Gerardo Morales, para citar apenas a estos tres referentes que circulan masivamente por el éter mediático, son maestros en el uso de metáforas catastrofistas y lapidadoras de cualquier acción oficialista sin que a sus interlocutores, siempre preocupados por la “crispación gubernamental”, se les ocurra señalar la sobredosis de violencia y de desprecio que emanan de tan ilustres retóricos del republicanismo argentino.

Todas las baterías se descargan para convencer a la opinión pública de que estamos delante de quienes buscan reducir la democracia a una suerte de monarquía patagónica al mismo tiempo que vacían las instituciones y hacen proliferar una lógica cada vez más autoritaria y corrupta. Vivimos, según estos cronistas del Apocalipsis, en la antesala del infierno signado por la influencia del chavismo, para los que se colocan en la derecha, o de la impostura neomenemista para los que se ponen supuestamente a la izquierda, y Argentina sería una suerte de caldera que acumula vapores y que está pronta para estallar. Su deseo manifiesto se inscribe en esta visión del fin del mundo que se asocia con “una rebelión cívica” que nos libere de la maldad congénita del matrimonio presidencial.

No importa comprobar que la mayoría abrumadora de los medios de comunicación está en manos de empresas que buscan horadar y deslegitimar al Gobierno; tampoco importa que el Congreso de la Nación funcione con una mayoría opositora que no tiene inconvenientes en transgredir el texto de la Constitución de acuerdo con sus necesidades y que desde el Poder Judicial se ejerza, como pocas veces se recuerda en la historia contemporánea, una acción independiente y, en muchos casos, claramente opuesta a las decisiones del Poder Ejecutivo; menos importa todavía que hayan sido primero el gobierno de Néstor Kirchner y ahora el de Cristina Fernández los que desterraron de plazas y calles del país la inclinación siempre represiva del establishment de turno y de las fuerzas policiales impidiendo, desde hace años, que cualquier protesta social sea reprimida. Todo eso no es suficiente a la hora de construir un relato inverosímil que habla de una Argentina atravesada por “el miedo”, “la censura” y la “crispación oficialista”. Bastan unos afiches sin firma con los rostros de algunos periodistas para hablar de persecución y de impunidad.

2 La palabra se repite y se repite desde las pantallas, desde las radios y desde la gráfica: “miedo”. Lo dice una senadora formoseña que en sus piruetas acaba de presentar una propuesta de modificación de la ley de servicios audiovisuales que nos retrotrae al espíritu de aquella que fue derogada y que huele a defensa de los monopolios y a neoliberalismo (pero a ningún periodista de esos que fijan opinión se le ocurre hablar de borocotización de la senadora que, viniendo del Frente para la Victoria, salta sin prejuicios hacia la oposición). Lo dice la anfitriona televisiva bien apoltronada en su eterna mesa de almuerzos pluralistas desde siempre imbuidos y atravesados por el “fervor democrático” (record de quien ha podido seguir almorzando con entera libertad bajo todos los gobiernos, dictatoriales y democráticos). Lo repiten algunos periodistas que parecen disfrutar de ese extraño lugar de víctimas en el que han sido colocados por unos afiches sin firma y por una lógica del escrache que no resiste el menor análisis y que constituye una herramienta nada democrática y utilizable para lo peor. Lo dicen y lo vuelven a repetir con ánimo de ofrecer una imagen de país atemorizado y gobernado por violentos y corruptos dispuestos a desnutrir democracia e instituciones con tal de “perpetuarse en el poder”.

Cada semana una descarga de artillería pesada cae sobre los argentinos abriendo cráteres que buscan producir un efecto de crisis e ingobernabilidad o mostrando una escena cotidiana en la que la violencia discursiva del oficialismo amenaza con volverse violencia física. “Crispación”, “autoritarismo”, “dictadura”, “impunidad institucional”, “violencia”, “fascismo”, “manipulación y censura”, “corrupción escandalosa” son las palabras más pronunciadas por la oposición política y mediática; su traducción a sentido común es obvia y brutal: vivimos en una democracia simulada que esconde un proceso autoritario y cuasi dictatorial en el que vida y bienes están amenazados por la impunidad de los Kirchner. Sacar las conclusiones también es de sentido común: defender la democracia contra sus sepultureros, ese parece ser el grito de guerra de los retóricos del miedo.

Lo dice con total impunidad e impudicia la revista Noticias que no tiene ningún inconveniente en caricaturizar a Néstor Kirchner con la figura de Adolf Hitler y de hablar de “fachosprogresistas” como un modo de inhabilitar a quienes no piensan como ellos. Lo dicen apelando al amarillismo más vergonzoso y a la ignorancia de quienes ni siquiera se toman la molestia de reflexionar lo que están escribiendo o de preocuparse por averiguar lo que supuestamente denuncian. Para ellos, citar a Carl Schmitt, jurista de derecha, católico y compañero de ruta del nacionalsocialismo en los años ’30, supone ser neonazi o algo por el estilo (ilustres escritores, ensayistas, políticos y filósofos del siglo XX quedarían inmediatamente bajo esa sospecha: entre nosotros podría citar a Pancho Aricó, fundador del grupo Pasado y Presente y uno de los más refinados intelectuales de la izquierda, que editó y prologó un libro del jurista alemán; o a Jorge Dotti, profesor de filosofía moderna, autor de un voluminoso y erudito libro sobre la recepción de Carl Schmitt en Argentina y él mismo un confeso admirador del jurista sin por eso abandonar sus perspectivas democráticas; lo han citado liberales, conservadores y marxistas, de la misma manera que Jacques Derrida le dedicó un libro, Políticas de la amistad, para analizar sus ideas, o, más lejos en el tiempo, el filósofo judeo-alemán Walter Benjamin elogió sus escritos tempranos como un material sin el cual él no hubiera podido avanzar en sus reflexiones sobre la modernidad, la violencia y la soberanía y, muy cerca nuestro, el filósofo italiano Giorgio Agamben no ha dejado de citarlo para intentar pensar el “estado de excepción” y la problemática del poder).

Para la revista Noticias, Chantal Mouffé, quien retoma algunos rasgos de la concepción schmittiana de la pareja “amigo-enemigo”, cae dentro de la clasificación de “fachoprogresista” y, por derivación directa, también lo hace Cristina Fernández que ha tenido la osadía de citar En torno a lo político, libro maldito en el que la autora, compañera de Ernesto Laclau, se detiene en el pensamiento schmittiano como una estrategia argumentativa que busca pensar críticamente la dimensión contemporánea de lo político destacando los límites de los discursos consensualistas y neutralizadores de matriz liberal y socialdemocrática, discursos que han sido funcionales, según Mouffé, al capitalismo neoliberal. ¿Qué decir de la operación de Noticias? ¿Acaso aquellos que se rasgan las vestiduras para defender a los “periodistas independientes” dicen algo de esta impudicia que vacía de todo contenido al propio nazismo? ¿No hay violencia y crispación en esa lógica de la calumnia que acusa de cómplices del peor y más cruel régimen de opresión del siglo XX a quienes tuvieron el atrevimiento de pensar de otro modo la problemática del conflicto en el interior de las sociedades democráticas? Más allá de la provocación, lo que muestran algunos periodistas es el crudo analfabetismo con el que suelen construir sus “investigaciones”. Para ellos leer es un trabajo descomunal. Más sencillo es repetir una y otra vez que estamos viviendo bajo un régimen antidemocrático que avanza hacia el fascismo. Así de simple y salvaje, así de pacífica, consensualista y virtuosa es la retórica de quienes anuncian a los cuatro vientos que la violencia y el miedo se han instalado en la Argentina de la mano de la voluntad autoritaria y omnipotente de los Kirchner. Cada quien sabrá sacar sus conclusiones y sabrá comprender qué se guarda bajo la retórica del miedo y bajo la impunidad argumentativa. Mientras tanto, cuidado con banalizar el sufrimiento de las víctimas reales de la historia; el límite de lo que no debe ni puede trivializarse termina cuando se enseñorea la impudicia, esa que intenta instalar nuevamente el miedo entre nosotros.

* Doctor en Filosofía, profesor de la UBA y la UNC

Fuente: Página/12

martes, 15 de septiembre de 2009

Cobos, la oposición, los medios y lo impúdico

Ricardo Forster
Mientras el vicepresidente de la Nación utiliza, sin ningún rubor, sus oficinas del Senado para articular con las fuerzas de la oposición su asalto al poder. Mientras el multimedios Clarín reduce la larga travesía del proyecto de ley de medios audiovisuales a lo que ellos denominan con absoluta arbitrariedad, y despreciando olímpicamente a una gran gama de actores que vienen batallando por torcerle el brazo a la impunidad corporativa y a las herencias de la dictadura, “la ley K de control de medios”. Mientras el insigne demócrata Mariano Grondona conspira pública e impúdicamente desde su columna dominical en La Nación anunciando que el 10 de diciembre es la fecha límite y el fin de la cuenta regresiva. Mientras la Mesa de Enlace intenta recomponer sus filas después de un lockout fallido y De Angeli continúa con sus vociferaciones de incontinente verbal; mientras algunas de esas curiosidades argentinas siguen desplegándose ante los ojos de la sociedad, lo cierto es que somos testigos, y algunos, parte, de un debate fundacional para la propia democracia.
Un debate ninguneado y bastardeado por la corporación mediática hasta el punto de intentar reducirlo a una pura lucha de palacio, a un intento del kirchnerismo por maniatar a la prensa “libre e independiente” (lo que no dicen, mientras hacen gala de su “pasión democrática”, es que son los dueños de casi todos los canales de aire y cable, de la mayor parte de las radios, de los principales periódicos y de las empresas que producen todos los contenidos al mismo tiempo que los distribuyen a su libre albedrío acaparando en todo el país bandas y frecuencias). Buscan mostrarse como víctimas de una persecución al mismo tiempo que le ocultan a la opinión pública los extraordinarios beneficios que han recibido gracias a la impunidad que les otorga, desde hace décadas, la Ley de Radiodifusión vigente y que, como todos saben pero pocos dicen, proviene de los años de la dictadura.
Extraña parábola retórica la que les permite tanto a los multimedios como a la oposición que ahora gira alrededor de Cobos, criticar despiadadamente un proyecto emanado de una larga y compleja discusión democrática que viene de los comienzos mismos de la recuperación de la democracia y que se profundizó en los últimos años a partir de la coalición por los 21 puntos. Ellos se sienten a gusto con una ley de los esbirros de la dictadura que fue “mejorada” por el menemismo; en ella ven libertad de prensa y de expresión. En la nueva ley que busca reparar una ofensa histórica ven, en cambio, chavismo+totalitarismo+fascismo+estatalismo. Curiosas piruetas discursivas que no hacen otra cosa que poner de manifiesto los intereses que buscan defender utilizando todo su arsenal (que incluye, claro, chantajes múltiples, presiones, golpes de efecto, mentiras que ni ellos mismos creen).
Como si fuera un insulto a la inteligencia de los lectores, Clarín desde hace semanas no hace otra cosa que hacer añicos cualquier seriedad periodística, cualquier pudor informativo, cualquier atisbo de objetividad para lanzarse a una campaña desenfrenada, brutal, enloquecida con el único objetivo de defender su enorme poder económico. La caída vertiginosa de la corporación mediática (y esto incluye también a otros grupos y medios periodísticos) en una jerga de truhanes que intentan mantener cautiva a la opinión pública, encuentra en el nuevo proyecto de ley a su principal contrincante allí donde amenaza concretamente con ponerle fin a la concentración monopólica abriendo el espectro para que muchas otras voces intervengan en el mundo de la comunicación, la información y la cultura.
Ese debate que hoy encuentra en la Cámara de Diputados de la Nación su epicentro viene de recorrer un largo camino. Años de intercambios, de discusiones apasionadas, de intervenciones públicas, de estudios académicos, de foros desplegados por todo el país; años en los que una multitud muy diversa de actores fueron articulando sus puntos de vista alrededor de un mismo objetivo: democratizar la circulación de la comunicación deshaciendo el nudo que sobre la garganta de la democracia dejó la dictadura y aprovecharon las corporaciones mediáticas. Una lucha en la que fueron convergiendo personas y organizaciones de las más diversas extracciones políticas, sociales, culturales y académicas (progresismos de diversos pelajes, socialistas, peronistas múltiples, radicales que siempre bregaron por una nueva ley, sectores nacional populares, pueblos originarios, sindicatos de periodistas, cooperativas radiofónicas, facultades de comunicación, asociaciones de cineastas, de locutores, actores, dramaturgos, universidades nacionales, y sigue la inmensa lista).
Porque otra mentira de aquellos que defienden la ley de la dictadura es reducir el proyecto presentado en el Congreso al mundo del kirchnerismo, como si fuese una creación autista del Gobierno, desconociendo que recoge, ese proyecto, la larga historia de la lucha por la democratización de los medios de comunicación. Ni la CTA, ni los diputados del SI, ni Pérez Esquivel, ni Víctor Hugo Morales, ni la propia Margarita Stolbizer (de cuyo proyecto se han sacado partes fundamentales para la nueva ley), ni el cineasta Campanella, ni la gente de Proyecto Sur, ni Martín Sabbatella, ni los diputados de Libres del Sur, ni muchos otros que han circulado durante estos días por el plenario de las comisiones para defender el proyecto o incluso para proponer nuevas enmiendas que lo mejoren, son parte del kirchnerismo. El espectro es amplísimo y democrático, como lo fueron las decenas de foros que durante varios meses se organizaron en distintas provincias teniendo, por lo general, a las universidades públicas como anfitrionas (¿habrá que recordar que desde la reforma de 1918 las universidades públicas son autónomas y se dan sus propios gobiernos y eligen democráticamente a través de sus claustros a quienes tienen la responsabilidad de dirigirlas?).
Pero, claro, nada alcanza cuando se trata de defender privilegios extraordinarios; cuando lo que se busca es seguir siendo los grandes árbitros de la vida nacional aprovechando el papel fundamental que los medios de comunicación tienen en el interior de nuestras sociedades. Porque ellos no quieren discutir si las telefónicas deben entrar en el negocio o si el ente fiscalizador y de control debe quedar en la esfera del Gobierno; a ellos no les interesa la discusión franca y abierta, no les importa el debate en el Congreso, lo que quieren es que no haya ley, ni ahora ni nunca. La postergación para el 10 de diciembre es una de sus estrategias para diluir toda posibilidad de que los argentinos contemos con una nueva ley de medios audiovisuales que permita el libre juego democrático anulando la perversión actual, esa misma que hace que la propia democracia languidezca ante el poder concentrado de la corporación mediática. Una ley no resuelve todos los problemas, pero ayuda a darle la vuelta a una página profundamente injusta de la historia de la joven democracia argentina; una historia atrapada en el engranaje de prácticas y discursos que atentan contra la libertad, esa misma que supuestamente ellos dicen defender.

martes, 8 de septiembre de 2009

Neoliberalismo, medios de comunicación y democracia


Por Ricardo Forster *

“El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice nada más que esto: ‘lo que aparece es bueno, lo bueno es lo que aparece’. La actitud que por principio exige es esa aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho gracias a su manera de aparecer sin réplica, gracias a su monopolio de las apariencias.” Guy Debord

1 En el mismo momento histórico en el que caía el Muro de Berlín y se desplomaba como un castillo de naipes el sistema soviético, cuando casi atónitos contemplamos la apertura de una época que de un modo arrollador se deshacía de imágenes, lenguajes políticos, ideologías y prácticas que habían convulsionado y apasionado durante más de un siglo a hombres y mujeres de las geografías más diversas y distantes, lo que emergió como exponente de una nueva época del mundo fue la forma neoliberal del capitalismo tardío.

Las últimas décadas del siglo XX estuvieron atravesadas por la hegemonía de un discurso que se ufanaba de haber concluido, de una vez y para siempre, con las disputas ideológicas, al mismo tiempo que afirmaba la llegada de un tiempo articulado alrededor de la economía de mercado y de la democracia liberal. Fin de la historia y muerte de las ideologías para desplazarse, ahora, por los espacios rutilantes del consumo, el reino de las mercancías y el goce hedonista. Los escenarios, ya antiguos, de las conflictividades políticas y sociales serían pacientemente reconstruidos en los nuevos museos temáticos, sitios interactivos en los que el visitante de estos tiempos poshistóricos podría contemplar aquello que sucedía en los días ideologizados. La paz del mercado desplazó, eso se anunció a los cuatro vientos, las oscuras turbulencias de una historia dominada por el conflicto y la intransigencia de los incontables, de esas masas anónimas, oscuras y resentidas que regresarían a ese sitio del que nunca debieron haber salido. Las tradiciones del igualitarismo fueron a parar al vertedero de la historia. Hizo su aparición triunfal el nuevo ciudadano-consumidor, figura arquetípica de un clivaje hiperindividualista en el interior de la sociedad, ese que se desplazaría con fervor de iniciado por los santuarios de las metrópolis contemporáneas: los shopping centers.

Pero lo que también comenzó a ser desmontado, junto con el vertiginoso giro de la economía de producción a la economía de especulación, fue el imaginario social que acompañó el tiempo del capitalismo bienestarista, aquel que hizo, a partir de la segunda posguerra, del Estado un referente insustituible a la hora de articular las relaciones entre el capital y el trabajo (del New Deal rooseveltiano, pasando por nuestra experiencia de un Estado de Bienestar bajo el primer peronismo hasta llegar a la edad de oro del bienestarismo socialdemócrata europeo, ese modelo fue lo propio de un largo período de la historia del siglo XX que sería brutalmente desmontado por el neoliberalismo allí donde inició su derrumbe el modelo, ya fracasado desde tiempo antes, del socialismo autoritario de la URSS, dejándole al capital, de todos modos, las manos libres para convertirse en el amo de la nueva situación mundial). El pasaje de la metáfora fabril a la metáfora financiera (adiós a las chimeneas y a los sindicatos, bienvenidos los yuppies de Wall Street, las carteras de inversores, la flexibilización laboral y el trabajo basura) vino a expresar la bancarrota de prácticas que remitían a una época esclerosada; puso en evidencia que estábamos en presencia de una mutación fundamental del capitalismo, y que esa mutación no iba a detenerse hasta resemantizar la totalidad de los lenguajes sociales, económicos, políticos y culturales.

Dicho de otra manera: el neoliberalismo, su lógica más profunda y decisiva, se dirigía hacia una transformación revolucionaria del conjunto de la vida social. En esa tarea de desmontaje de las viejas formas de vida y de representación, seguida de la construcción de una nueva subjetividad entramada con las demandas de la economía global de mercado, ocuparían un lugar central y privilegiado los grandes medios de comunicación. Pensar el neoliberalismo es interrogar por ese maridaje extraordinario entre mercancía e imagen, entre mercado y lenguaje mediático; es tratar de comprender el fenomenal proceso de culturalización de la política y de estetización de todas las esferas de la vida. Una de las derivaciones de este proceso ha sido la expropiación de la política, y su consiguiente vaciamiento, por el lenguaje de los medios de comunicación.

2 Lo que el filósofo francés Guy Debord, con anticipación genial –allá por los años ’60–, había denominado la “sociedad del espectáculo”, aquella que se desplazaba hacia el dominio pleno y escenográfico de la pasión consumista y de sus “paraísos artificiales”, transformando a los seres humanos en espectadores cada vez más pasivos del verdadero sujeto de la época, la mercancía, constituyó lo propio de la travesía neoliberal. Se trató de una apropiación, por parte del capitalismo, de las fantasías y los deseos al mismo tiempo que se expandía planetariamente la industria del espectáculo, y la cultura, adecuada a los lenguajes audiovisuales y a su enorme capacidad de penetración, se convertía en una mercancía clave para la producción de una nueva humanidad. Lo que había prefigurado Hollywood desde los años ’30 y ’40, mostrándose como la avanzada brillante, innovadora y compleja de la americanización del mundo, señalando la importancia decisiva de la industria del espectáculo como vanguardia en la construcción de los nuevos imaginarios sociales, terminó siendo la materia prima a partir de la que el neoliberalismo logró naturalizar sus valores y sus intereses. Es inimaginable el despliegue planetario, global, del capitalismo financiero-especulativo, su capacidad para volverse hegemónico, sin ese rol decisivo de los medios de comunicación.

Por esas paradojas de la historia, los primeros que se dieron cuenta de la monumental importancia de las nuevas tecnologías de la comunicación y su relación directa con la política fueron los regímenes fascistas. Mussolini en Italia y Hitler y Goebbels en Alemania capturaron con maestría mefistofélica los poderes que emergían de la radiofonía. Con el giro de los acontecimientos, y una vez derrotado el totalitarismo, las triunfantes democracias occidentales se apropiarían con igual fervor de los potenciales propagandísticos y generadores de imaginarios social-culturales, que se guardan en los medios de comunicación de masas. La política quedó atrapada en esa lógica discursiva e iconográfica al mismo tiempo que la estetización y espectacularización emanados de los recursos propios de esos lenguajes contaminaban casi todas las esferas de la vida cotidiana. La astucia genial del sistema fue proyectar en la compleja trama a la que llamamos sociedad (transformada, por los mismos medios, en “opinión pública”) la imagen de que la corporación mediática era portadora de independencia, autonomía y capacidad crítica al mismo tiempo que garantizaba la libertad de expresión. Lo que se logró fue invisibilizar los lazos esenciales que vinculaban y vinculan a estas empresas con los intereses económicos dominantes. El neoliberalismo, como ideología del capitalismo tardío, comprendió que no era posible garantizar una profunda transformación económica si, al mismo tiempo, no se cambiaba la manera de mirar el mundo y de comprender la realidad. De lo que se trató es de la intensiva producción de un nuevo sentido común.

Más allá de la sobrevaloración, siempre discutible, que se pueda hacer del papel de las corporaciones mediáticas como definidoras de la opinión pública y como constructoras decisivas del sentido común, lo cierto es que ocupan un lugar destacadísimo en la estrategia de dominación del neoliberalismo. Son un factor sin el cual le sería muy difícil, a esa ideología, transformar sus intereses particulares en intereses del conjunto de la sociedad, mutando prácticas egoístas y exclusivamente ligadas al lucro y la rentabilidad en valores naturalizados en el interior de las conciencias. La proliferación de los lenguajes audiovisuales, su profundo arraigo en la intimidad de la vida cotidiana exigen, de la misma sociedad, una indispensable herramienta que le permita legislar adecuadamente impidiendo que la tendencia a la concentración y a la monopolización hagan del espectro comunicacional una incansable repetición del sentido común neoliberal. Entre la ideología y el mito, los lenguajes emanados de la corporación mediática apuntalaron el despliegue de nuevas formas de la subjetividad adheridas al reino de valores de un capitalismo que se leyó a sí mismo como la estación final y consumada de la historia.

De ahí, entonces, la crucial importancia que adquiere, en términos de una ampliación de la circulación democrática de la comunicación y la información, el debate que se está llevando a cabo en el Congreso de la Nación en torno del proyecto de una nueva ley de servicios audiovisuales. Lo medular de la disputa político-cultural se juega en estas discusiones, no porque una ley vaya a garantizar una espontánea transformación de los valores reinantes sino porque, al menos, logrará impedir que sigan proliferando los monopolios y abrirá el juego para que otros actores entren en la conversación. De eso se trata, entre otras cosas, la democracia. Dicho de otro modo: en una sociedad atravesada de lado a lado por los lenguajes de la comunicación y la información resulta inimaginable que ese campo abrumador y decisivo permanezca al margen de las grandes disputas político-culturales. En el interior de ese mundo en el mundo se despliegan imágenes, ideas, proyectos, lenguajes, formas de la sensibilidad, mitos que se entraman capilarmente en la cotidianidad de nuestras vidas. Leerlos desde la inocencia o creyendo que en su interior se privilegian centralmente los modos de la diversidad y la pluralidad constituye, a estas alturas de la travesía argentina y mundial, un desplazamiento del eje de la discusión hacia la más crasa complicidad con los factores de poder que se manifiestan en los núcleos duros y concentrados de los medios masivos de comunicación. La búsqueda, tal vez ilusoria pero imprescindible, de una mayor democratización en la distribución y producción de la comunicación es un desafío de primera magnitud a la hora de imaginar un giro más participativo y plural. El poder corporativo lo sabe y, por eso, va con todas sus armas contra un proyecto de servicios audiovisuales que viene a amenazar su hegemonía.

* Doctor en Filosofía, profesor de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA).

Fuente: Página 12

martes, 1 de septiembre de 2009

Ricardo Forster: Las palabras y el laberinto


Palabras altisonantes son pronunciadas con extraña intensidad en estos días argentinos. Días cargados de sorpresas que nos devuelven, una y otra vez, a nuestras complejas circunstancias que suelen adquirir la figura del laberinto (¿habrá que recordar aquella ocurrencia de Leopoldo Marechal cuando sugirió que del laberinto sólo se puede salir por arriba?; ¿será marechaliana la forma como recorre la cotidianidad política el Gobierno?; ¿será eso lo que causa tanta perplejidad y sorpresa en los principales referentes de la oposición?).
A veces en la literatura es posible encontrar las pistas anticipatorias para intentar comprender las arduas travesías del presente. En la Argentina las diversas escrituras literarias han sabido adelantarse, en muchas ocasiones, a la densidad de los hechos permitiéndonos correr ciertos velos que suelen cubrir la realidad en beneficio de aquellos que siempre han preferido ocultar sus verdaderas intenciones.
En estos tiempos de noticias relampagueantes, de tecnologías de la comunicación que transforman cualquier acontecimiento en una pura fugacidad que, mientras dura, suele devorarse la atención de las masas telemáticas, es conveniente darle otra leída a las palabras que se pronuncian.
Casi como si estuviéramos leyendo un extraordinario libro de ficción, pero sabiendo que lo que se narra, se corresponde con una realidad que debemos aprender a descifrar con los ojos de la crítica.
Hace unas semanas nos enteramos de que “la pobreza es un escándalo”, aunque no se nos dijo qué la causa, como si nos enfrentásemos a un fenómeno de la naturaleza que no tiene nada que ver con un sistema económico atravesado de lado a lado por la injusticia y la desigualdad.
Pero así suelen ser los gestos retóricos de la cúpula eclesial, su verbo sobrevuela la realidad de los mortales ofreciéndose como paradigma de virtud y transparencia, dos rasgos repetidamente desmentidos a lo largo de su más que milenaria historia.
Palabras astutas, llenas de historia y de memoria que, sin embargo, se utilizan para ejercer una clara presión política que poco o nada tiene que ver con los lenguajes de la emancipación y la redención de los hambrientos.
Esas palabras no van más allá de la caridad y de la conmiseración que sentimos ante tanta pobreza aluvional, una pobreza que transforma al pobre en un objeto vaciado, carente, sin biografía y apenas pasible de ser receptor de la limosna de los ricos.
Su única respuesta es apelar a la filantropía y a Cáritas. Y si es con la ayuda de la soja liberada de las retenciones mucho mejor. El otro pobre, el de días antiguos, ese que no se resignaba ni se resigna a ser convertido en pobrecito, no tiene ningún lugar en este discurso de una iglesia comprometida con el poder.
Las otras voces que se pronunciaron en América latina reclamando una opción por los pobres y bebiendo de las aguas de la teología para la liberación, son aquellas que han quedado al margen y perseguidas por la jerarquía eclesial que del Papa a nuestro cardenal primado expresan el rumbo conservador de la retórica vaticana.
En estos días de un verano algo anticipado, los más rancios representantes de la derecha se rasgan las vestiduras al mencionar que el hambre se ha instalado como una sombra ominosa en el país.
Sin ningún tipo de pudor, Felipe Solá, hablando con un periodista de esos que fijan el termómetro de la calidad institucional y con el gesto adusto de quien se cree un tribuno del pueblo (aunque hace tiempo que olvidó que resulta bastante difícil sostener, entre Macri y De Narváez, una retórica popular sin que suene a pura falsedad e impostura) se dedicó, después de denostar un proyecto de ley de medios audiovisuales que reconoció no haber leído, a empardar con anuncios apocalípticos a la inimitable Elisa Carrió.
Pero más serio, terriblemente serio, se puso cuando habló del hambre, como si él no supiera qué intereses representa, en la Argentina de hoy, el properonismo y sus inigualables compañeros de andanzas.
Palabras bastardeadas por quienes han sabido apropiarse, publicitariamente, de recursos retóricos que provienen de otra historia, de matriz popular, a la que no dudan en envilecer al mismo tiempo que defienden un orden político-social que reproduce exponencialmente la miseria y la desigualdad.
Mientras tanto los inefables miembros de la mesa de enlace siguen enlazando con sus nudos corredizos la gramática de la oposición más cruda, virulenta y, eso sí, honesta en su literalidad destituyente.
El inefable Buzzi, utilizando el lenguaje heredado de sus payadas martinfierristas y vizcacheras, acuñó el último neologismo de moda: vetocracia. Lo que no dice, entre tanta poética gauchesca, es que lo único que le interesa, a él y a sus socios de payada, son las retenciones y los miles de millones de dólares que están allí, al alcance de la mano, si logran doblegar al Gobierno.
Nada de ley de arrendamiento. Nada de ser consecuente con una reivindicación histórica de esa misma Federación Agraria que hoy se ha convertido en una sucursal, algo plebeya y cualunquista, de la Sociedad Rural.
Alquimia interesante de las retóricas conchetas de las huestes de estancieros de Recoleta y la Pampa Húmeda y de los giros populacheros de los De Angeli y compañía.
Lástima que, eso parece, el ex corredor de Fórmula Uno y chacarero sojero parece que nuevamente se enfrentó con sus fantasmas y con sus pesadillas que cada tanto le enturbian el razonamiento.
La fórmula soñada en las esquinas de Barrio Norte, o tomando un café en La Biela o discutiendo en los salones del Jockey Club: la fórmula “Reutemann-Solá” que recoge lo más selecto del conservadurismo nacional y que representa lo más granado de la historia patria, la que fusiona a la sociedad rural con los gringos del interior, la que logra cruzar el decir peronista-gauchesco de Solá con la herencia parca y apegada a la tierra de Reutemann, esa fórmula tendrá que esperar que los psicólogos hagan su trabajo con el santafesino.
Y mientras tanto hemos vivido una semana excepcional, cruzada primero con la renuncia, forzada por la ola de protestas emanadas de la sociedad civil, del “Fino” Palacios a la jefatura de la policía macrista, continuada luego con ese acontecimiento fenomenal que supuso la elevación por parte del Poder Ejecutivo del proyecto de ley de servicios audiovisuales y concluida con el impactante encuentro de los miembros de la Unasur en Bariloche.
Por un lado, derrota, aunque parcial, de la avanzada derechista en la Ciudad de Buenos Aires; por otro, el vertiginoso giro hacia la cancelación de una de las principales deudas de la democracia y la posibilidad, cierta, de quebrar el dominio de la corporación mediática; y, finalmente, la continuidad de un camino latinoamericano que viene a cargar de nueva significación la llegada del Bicentenario.
Palabras viejas y nuevas que, de acuerdo a quién y cómo se pronuncien, expresan el complejo y extraordinario tiempo argentino.

Fuente: El Argentino