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viernes, 22 de noviembre de 2013

Los nuevos desafíos

Aldo Ferrer (Infonews)

A pocos días de los anuncios, todavía debemos esperar que el nuevo equipo anuncie los lineamientos de sus políticas que serán –según lo confirmó Cristina Fernández– en la misma línea que venía manteniendo el gobierno: darle prioridad a la dimensión social, defender la soberanía y conservar un Estado protagonista dentro –desde luego– de una economía de mercado.
El desafío que tiene el gobierno en el último tramo es consolidar la macroeconomía para que los importantes logros obtenidos se consoliden. Hablo del desendeudamiento, la nacionalización de YPF y de las AFJP y la recuperación de la soberanía. Para tales fines hay que darles respuesta a los desafíos que plantea la coyuntura. En primer lugar la insuficiencia de divisas, que responde a una debilidad estructural de la economía y que fue señalada el miércoles por la presidenta cuando remarcó la necesidad de consolidar la soberanía industrial.
Esa expresión es muy importante porque nuestro gran problema en la restricción externa se basa en que, en virtud de las idas y venidas que tuvo el desarrollo industrial argentino, agraviado en varios períodos por el neoliberalismo, se construyó una estructura industrial fuertemente dependiente de las importaciones. Asimismo, el hecho de que no estén incorporados en el tejido industrial sectores de vanguardia tecnológica se expresa en el déficit creciente en las manufacturas de origen industrial de alto contenido tecnológico. Esto sucede con las autopartes, el sector electrónico, los bienes de capital y algunas ramas del sector químico.
Entonces existe un problema estructural en el sector industrial que, desde luego, no se puede solucionar de la noche a la mañana, pero que requiere de su remoción para lograr esta soberanía industrial que señaló la presidenta. A esto se agregan otros elementos de la restricción externa como es el déficit energético y déficit de turismo que agravan el problema. El gran desafío del equipo económico es corregir algunos desvíos que se han instalado en la economía: la agudización de la insuficiencia de divisas y la necesidad de fortalecer el superávit primario.
Este último dato está incorporado en el presupuesto del año que viene, que estableció una política monetaria que expanda el crédito para la producción y la inversión y no para cubrir baches en las finanzas públicas. Así que este es el escenario que se abre, promisorio, con interrogantes, que esperemos que sean despejados por las decisiones que adopte el nuevo equipo económico.

martes, 24 de agosto de 2010

Carta de Aldo Ferrer a Gustavo Grobocopatel

Por Aldo Ferrer


Estimado Gustavo:

Tu respuesta a mi carta anterior plantea cuestiones importantes que merecen ser analizadas. Son las siguientes:

Tipo de cambio y retenciones. Apelando a la experiencia brasileña, sugerís que la mejor política es un tipo de cambio bajo sin retenciones. Nuestra experiencia no ratifica la propuesta ni, tampoco, la brasileña. Aquí tuvimos esa política bajo el régimen de “la tablita” a fines de la década del ’70 y, en el de la del ’90, con el de la convertibilidad. En aquel entonces, la producción del agro no creció y, en la última, aumentó a una tasa anual del 2,0 por ciento. Pero después del 2002, con retenciones, el agro creció el doble. ¿Por qué sucede esto? Por múltiples razones. Entre otras, que un régimen de tipo de cambio bajo sin retenciones provoca fuertes desequilibrios en la macroeconomía, déficit en los pagos internacionales, insolvencia fiscal, aumento de la deuda y, consecuentemente, vulnerabilidad, incumplimiento de los contratos e inseguridad jurídica. Ese fue el epílogo de la tablita y la convertibilidad. El campo sufre, como el resto del sistema, las consecuencias de una mala política macroeconómica. En la actualidad, con una economía sustentada en sus propios medios, con superávit en sus pagos internacionales, solvencia fiscal y reservas en el Banco Central, el agro crece con un tipo de cambio competitivo y retenciones que son compatibles con su rentabilidad y desarrollo.

El mejor espejo donde mirarnos en esta materia no es Brasil sino los “tigres asiáticos”, como Corea, Taiwán y China. Todos ellos han sustentado su transformación productiva en políticas activas de industrialización, educación, impulso a la ciencia y la tecnología e industrias de frontera y tipos de cambio competitivos. Como lo revela la experiencia de los países emergentes exitosos, la paridad adecuada de la moneda nacional no es una condición suficiente del desarrollo pero sí una condición absolutamente necesaria.

En Brasil, la apreciación del tipo de cambio que evita las retenciones, el resultado macroeconómico es mediocre. Desde el 2002 a la fecha, a juzgar por el desempeño de las dos economías, salvo en materia de inflación, la política argentina es mejor que la brasileña. En el período, el PBI argentino aumentó el 60 por ciento y el brasileño, el 30 por ciento. Respecto de la inversión, en Brasil es del orden del 18 por ciento del PBI, y en Argentina está cerca de sus máximos históricos del 24 por ciento. Frente a la crisis mundial, nuestro país respondió con tanta o mayor fortaleza que Brasil. En este escenario, el gobierno del presidente Lula consolidó los ejes del poder nacional de su país y desplegó, sobre la base de una presión tributaria mayor que en la Argentina, importantes y exitosos programas de inclusión social. De todos modos, existe en Brasil una fuerte polémica sobre las bondades de la política de un real sobrevaluado y altas tasas de interés. Pero la comparación de Argentina con Brasil no se agota en el contrapunto de las dos realidades en la actualidad. Ambas se basan en una trayectoria y esto me lleva al segundo comentario sobre tu carta.

Brasil. En el período de predominio de la estrategia neoliberal en la Argentina (desde el golpe de Estado de 1976 hasta la crisis terminal del 2001/02), el PBI total aumentó en 27 por ciento y el per cápita cayó en 10 por ciento. En el mismo período, el PBI del Brasil aumentó 120 por ciento y el per cápita en 30 por ciento. En 1975, el PBI argentino representaba casi el 50 por ciento del brasileño, en 2002 apenas superaba el 25 por ciento.

Entre tanto, el Estado brasileño consolidaba el desarrollo de Petrobras, promovía la conversión de Embraer en la tercera productora de aeronaves del mundo, impulsaba el desarrollo de las empresas “campeonas” nacionales en la infraestructura y en industrias de base y sustentaba el financiamiento en poderosos bancos públicos, en primer lugar, el Banco Nacional de Desarrollo, que en la actualidad aporta el 20 por ciento del total del crédito en la economía, enfocando sus préstamos a los sectores estratégicos. En la Argentina, en el mismo período, además de la tragedia de la violencia y el terrorismo de Estado, sufrimos la guerra y la derrota en Malvinas y una política sistemática, durante la dictadura y en la década del ’90, de desmantelamiento del poder nacional. Se vendieron y extranjerizaron YPF, la fábrica de aviones de Córdoba, las empresas públicas y las mayores privadas nacionales, se disolvió el Banco Nacional de Desarrollo (creado en 1970 durante mi desempeño en el Ministerio de Economía) y se endeudó el país hasta el límite de la insolvencia. Esta serie de calamidades demolió buena parte de la capacidad industrial del país, como lo demuestra el hecho asombroso de que, entre 1975 y 2002, el producto industrial per cápita cayó en 40 por ciento. Las consecuencias sociales fueron abrumadoras. Es en ese escenario, tan diferente entre los dos países, donde tuvo lugar, en Brasil, el desarrollo de la producción de pollos y otros rubros de la industria mencionados en tu carta. Nuestro atraso relativo respecto de Brasil viene de antes. Esta década, la tendencia comenzó a revertirse y podremos seguirlo haciendo si se consolida una visión y una política nacional del pleno despliegue del potencial argentino.

El Estado. Celebro que desde el sector privado surja una voz como la tuya, destacando el papel fundamental de las políticas públicas y proponiendo una reforma fiscal que genere recursos y los canalice al desarrollo económico y social. Es, en efecto, preciso una reforma tributaria que le dé equidad al sistema y recursos para proveer de los bienes públicos indispensables para el desarrollo y la inclusión social. No comparto tus dudas sobre la capacidad del Estado de administrar un régimen de retenciones flexibles, atendiendo a las variaciones en los mercados. Si el Estado es el que justificadamente reclamas, administrar ese instrumento es una tarea menor y, desde ya, cuenta con esa habilidad para ponerla en práctica.

En resumen, el futuro del campo y de toda la cadena agroindustrial depende del pleno desarrollo de la economía argentina, la consolidación de la soberanía y de la capacidad de decidir nuestro propio destino en el mundo global, la inclusión social y la consolidación de la democracia y, en su seno, la resolución de los conflictos de una sociedad pluralista como la nuestra. Comparto tu confianza en el potencial del país, en sus trabajadores y empresarios creadores de riqueza y en la inteligencia argentina. Hemos demostrado nuestra capacidad de emprender las actividades más complejas, como lo hacen, por ejemplo, el Invap fabricando reactores nucleares o, en el agro, los Grobo. Tenemos también los recursos financieros necesarios con una tasa de ahorro que alcanza a casi el 30 por ciento del PBI, equivalente a más de 100 mil millones de dólares anuales. No tenemos que andar buscando plata afuera, sino convencernos de que el lugar más rentable y seguro para invertir el ahorro interno es la Argentina.

Si la opinión predominante en el campo termina de convencerse de que el sector no es un apéndice del mercado mundial, sino un sector fundamental de una economía nacional, plenamente desarrollada, desde el campo hasta la industria, desde la Pampa hasta las regiones más remotas del inmenso territorio nacional, será un gran aporte para poner al país que realmente tenemos ahora a la altura del país posible, cuya construcción comenzó en mayo de 1810 y aún está inconclusa.

Un saludo cordial.

jueves, 13 de agosto de 2009

El “desacople”


Fragmentos del artículo de Aldo Ferrer publicado en Buenos Aires Económico:

“La administración de las relaciones entre los precios internos de un país y los del mercado internacional es un tema central de la política económica en todas partes. Los precios internos que se administran para, eventualmente, “desacoplarlos” de los internacionales, son siempre los sujetos a la competencia internacional (llamados “transables”). Los otros, los “no transables”, es decir, los que se producen y venden en los mercados internos, están naturalmente desacoplados y no reflejan los precios internacionales.”

“Todos los países con políticas nacionales desacoplan a veces, para reservar el mercado interno para la producción doméstica, otras, para evitar que los precios internos de bienes exportables o importables reflejen los internacionales, como sucede, vía retenciones, con los precios de diversos alimentos en nuestro país y, vía subsidios, en la Unión Europea. Cuando se cuestiona la legitimidad de la administración del efecto de los precios internacionales sobre una economía nacional se supone, implícitamente, que los sectores involucrados son un segmento de la economía mundial y que, por lo tanto, sus señales no pueden ser manipuladas por las políticas públicas.”

“El desacople, es decir, las retenciones sobre determinados productos, los subsidios y los tipos de cambio diferenciales para abrir espacios de rentabilidad en toda la producción de bienes transables a escala federal, son instrumentos legítimos e indispensables de una política de equilibrio macroeconómico, distribución equitativa del ingreso, acumulación y crecimiento. Esos instrumentos de la política económica no deben reducirse a objetivos coyunturales o parciales, como por ejemplo, los tributarios. Deben formularse en el marco de una estrategia que abarque la administración del corto y el desarrollo de mediano y largo plazo.”

“Las señales que transmite la política económica deben ser firmes, creíbles y consensuadas en la mayor medida posible con los actores privados involucrados pero, en definitiva, es responsabilidad del Estado colocarse por encima de los reclamos sectoriales para abarcar la totalidad de los intereses en juego y defender el interés nacional y la equidad.”

“Que estas cuestiones sigan siendo aún materia irresuelta es revelador de la vulnerabilidad de nuestra densidad nacional. Es decir, indicador de la subsistencia de dilemas inexistentes en los países desarrollados y en los emergentes porque, en ellos, es incuestionable que todos los sectores económicos forman parte de un sistema económico nacional y que las señales del mercado mundial deben ser administradas para viabilizar la formación de estructuras productivas industriales, diversificadas y complejas. Los reclamos de las entidades ruralistas son comprensibles pero sólo son defendibles si se ubican en una perspectiva integradora del desarrollo nacional y la aceptación, categórica, concluyente y definitiva, que el campo, como la industria y todos los sectores productores de bienes transables, es, en primer lugar, un sector fundamental de la economía nacional y no un segmento más del mercado mundial.”

“La actual polémica sobre las retenciones es mucho más que un diferendo transitorio sobre la distribución del ingreso y la apropiación fiscal de una parte de los precios internacionales de las exportaciones primarias. Es, ni más ni menos, que la renovación del debate sobre el rumbo del desarrollo nacional. Si queremos evitar reproducir indefinidamente una estructura productiva subindustrializada, subintegrada e incapaz de generar empleo y bienestar, es preciso aprovechar las excepcionales condiciones actuales del mercado mundial para impulsar el pleno desarrollo de la cadena agroindustrial en el marco de una economía industrializada y compleja capaz de gestionar el conocimiento e incorporarlo en todo el tejido económico y social del país.”