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sábado, 2 de noviembre de 2013

"Impacto del proteccionismo europeo sobre la economía argentina"

Este es el título del documento que acaba de publicar la Cancillería en el que se exponen los mecanismos proteccionistas de la Unión Europea contra la Argentina.

Es frecuente leer declaraciones de autoridades europeas denunciando medidas proteccionistas instrumentadas por el Gobierno argentino, denuncias que se hacen en nombre del libre comercio, vieja bandera colonialista de países que se hicieron fuertes a costa de proteger su industria y depredar las economías de los países de la periferia capitalista. Recordemos que los ejércitos de Mitre marcharon contra el Paraguay, impulsados por Inglaterra, bajo banderas que profesaban esa vieja doctrina del liberalismo británico.

Estas denuncias suelen encontrar eco en empresarios, periodistas y políticos locales, que privilegian sus negocios personales a los interese de la Nación y su pueblo. Intereses que deberían, a nuestro modesto entender peronista, estar volcados al desarrollo económico y social, para la felicidad del pueblo y la granseza de la Patria.

Para los que les interese, el documento completo se puede leer acá.

viernes, 20 de septiembre de 2013

¿Español o castellano?

Este tema ya lo hemos tratado desde La Bengala... y hoy nos topamos con esta columna del poeta Rodolfo Alonso en Página/12...

Estoy seguro de que a nadie habré inquietado con mi ausencia. Pero siento la obligación de explicar(me) por qué no acepté firmar el documento “Por una soberanía idiomática”, publicado el 17 de septiembre en Página/12, con cuyos fundamentos coincido en gran medida, y que rubrican muchos queridos y admirados amigos. 
Como en estos temas del lenguaje no hay nada inocente, sólo se trató para mí de una sola palabra: llamar “español” a la lengua que hablamos. Ya en 1492, Antonio de Nebrija denominó “Gramática castellana” a la primera codificación de dicha lengua, por entonces naciente. Y ya entonces, y no sólo por obsecuencia, la dedicó a la reina Isabel como “instrumento del imperio”. 
Desde muy pequeño supe que en España se hablaban varias lenguas, pero que sólo una no estaba prohibida. Y que esa prohibición duró muchos siglos, y sólo concluyó con la muerte de Franco y de su dictadura. A partir de entonces, recuperada la democracia, en España existen por lo menos cuatro lenguas oficiales: castellano, vasco, catalán y gallego. 
Es algo que ya sabía Juan María Gutiérrez (1809-1878), un miembro clave de nuestra primera generación de intelectuales, la de 1837, cuando el 30 de diciembre de 1875, con una digna y larga carta, ampliamente fundamentada, rechazó aceptar su nombramiento como miembro de la Real Academia Española. 
Desde entonces, la cuestión de la lengua tuvo amplio anclaje histórico en nuestro país, incluso con largos períodos donde se la enseñó nada menos que como “idioma nacional”. Lo que dio, por supuesto, pie para muchas y fecundas polémicas. Pero así como no es azaroso ni ingenuo que la “Ñ” sea el logo de los muchos congresos que la Real Academia Española viene realizando sobre todo en nuestra América, tampoco es menos cierto que esa misma Academia, desde sus orígenes, utiliza el adjetivo de Española para su condición de organismo, y no para la lengua de la que dice ocuparse. La cual siempre fue llamada castellano. Que nosotros aceptemos denominarla “español”, especialmente en estos tiempos donde el término “spanish” es impuesto por la avasalladora masificación de los medios digitales (que tampoco son ingenuos), es como si aceptáramos que, tal cual ocurre en las aduanas de Estados Unidos, nos califiquen de “hispanos”, o como si nosotros mismos siguiéramos aceptando el apelativo de “hispanoamericanos” con el cual quisieron cautivarnos. Es decir, hacernos cautivos. Por eso, a mi modesto entender, pregunto (y me pregunto): ¿nuestra soberanía idiomática no debería comenzar por negarnos a designar con el nombre de una nación europea a la lengua en que hablamos, sobre todo, tantos millones de latinoamericanos?

miércoles, 20 de febrero de 2013

Thomas Sankara: La Revolución Asesinada

Nos topamos con este interesante documental sobre el líder revolucionario de Burkina Fasso. Nos parece oportuno compartirlo, en tiempos en los que Francia regresa por sus viejos intereses coloniales en Africa.




miércoles, 24 de octubre de 2012

Español

Un tema no menor tratado hoy en Página/12 por Mempo Giardinelli 

Escribo este texto desde la admiración y el afecto que sentí toda mi vida por la obra de Mario Vargas Llosa. Lo he leído con fervor de aprendiz, he sentido su amistad en algunas ocasiones y aunque estuve y estoy en desacuerdo con casi todas sus posiciones políticas, siempre lo defendí de ataques e incomprensiones. Es un escritor excepcional, un maestro de la lengua. Y por eso mismo siento que lo persigue un equívoco, igual que a muchos de sus admiradores en el mundo: la constante y creciente idea de que nuestra lengua es el español. Que no lo es. Hace unos días él fue galardonado en México con el Premio Carlos Fuentes, al que otros aspiramos con inmodestia, y las declaraciones de jurados y comentaristas en diversos medios de lo que bien puede llamarse el establishment periodístico internacional subrayan “la contribución que desde el español ha hecho para el enriquecimiento del patrimonio de la humanidad”, como dijo el director de la Real Academia Española, José Manuel Blecua. El mismo Vargas Llosa se manifestó “muy agradecido y conmovido” porque si bien no esperaba más premios después del Nobel, este galardón es un nuevo, enorme reconocimiento a la figura inolvidable de Carlos Fuentes, uno de los más exquisitos escritores que dio nuestra lengua. Claro que entonces la pregunta que surge es de cuál lengua. Y si el propio Don Mario celebra al “idioma español” porque “ha dado una literatura creativa, novedosa, que es traducida y conocida en otros mundos lingüísticos”, entonces cabe la discrepancia. Que me disculpen, pero no dejaré de insistir que en nuestra América nosotros no hablamos “español” sino “castellano americano”, el mismo que prefiguró Andrés Bello hace 200 años. Y acerca del cual el año pasado publiqué en estas mismas páginas, y a propósito de la inauguración del Museo de la Lengua en la Biblioteca Nacional, un artículo titulado “La lengua que hablamos”. La cuestión no es baladí. Hay una profunda diferencia ideológica en el asunto, que hiede a neocolonización. Porque no se trata de discutir si es –como en efecto es– el segundo idioma más estudiado en el mundo después del inglés y el tercero más usado en Internet. No, la cuestión es que llamar aquí a nuestra lengua “español” es una forma contemporánea de cambiar el significado del idioma que nos une y nos expresa. Y digo contemporánea porque desde siempre, por generaciones, el nombre de nuestra lengua para hablar, leer y escribir, o sea el nombre del idioma de nuestra literatura –Bello dixit– fue castellano: “Se llama lengua castellana (y con menos propiedad española) la que se habla en Castilla y que con las armas y las leyes pasó a América, y es hoy el idioma común de los Estados hispanoamericanos”. Fue por razones políticas y económicas muy recientes que España inició una sutil reconquista cultural americana. Desde hace unos veinte años, lenta y machaconamente, se nos fue imponiendo el nuevo nombre de nuestro idioma. El avance de empresas como Telefónica y otras en América, en los ’90, más la creación del Instituto Cervantes como avanzada política cultural de España en el mundo –lo cual para mí es incuestionable; no es eso lo que discuto–, estuvo al servicio de erosionar el prestigio del vocablo “castellano”. Y, además, ayudó en esa tarea la fácil traducción del gentilicio a las lenguas de los países desarrollados de Europa. Desde luego que a esa reconquista de América también la facilitó la transnacionalización de las grandes casas editoriales argentinas, compradas casi todas por poderosos holdings españoles. Lo cual tampoco es cuestionable en sí mismo, quede claro. Pero sucedió, y hoy es inevitable ver que el desplazamiento de la identidad de nuestra lengua, a la par de la brutal crisis económica, social y cultural que vivimos hace una década, contribuyó a esa estrategia no inocente. El castellano americano que hemos hablado por generaciones recogió tradiciones y fortaleció identidades en toda nuestra América. Esa lengua, de raíz castiza pero enriquecida con cocoliches, dialectos y el uso peculiar de millones de extranjeros, creó finalmente una cultura que se desarrolló y definió con un idioma común: el castellano de nuestra América. Rioplatense, andino, caribeño, pero castellano. Así se escribió y así es leída la riquísima literatura latinoamericana. La que llegó a ser universalmente apreciada gracias a Borges, Neruda, Rulfo y Carpentier, entre muchos otros, y también gracias a Fuentes y Vargas Llosa, pero como producto del castellano americano y no como literatura en español. El asunto tampoco es nuevo. Durante el primer gobierno peronista en los colegios secundarios argentinos se estudiaba “Lenguaje Nacional”, y luego se estudió “Castellano” a secas. Pero desde los cambios que impusieron ciertas modas pedagógicas neoliberales y las editoriales españolas, en los ’90, se impuso en nuestros ministerios y nuestras universidades un absurdo que padecen ya varias generaciones de estudiantes argentinos: una inexacta e imprecisa materia llamada “Lengua”, hoy popularizada a la par de la creencia de que hablamos “español”. Bienvenidos sean los galardones literarios para maestros como Mario Vargas Llosa. Pero también digamos que sus obras son nuestras y son ejemplares porque, precisa y básicamente, las escribieron en el castellano americano que hablan y leen nuestros pueblos. No en español. Bueno sería que ellos mismos, que lo saben, lo reconocieran.

lunes, 7 de mayo de 2012

Respuesta de los "argies" al ministro de Defensa británico

“Me imagino que desde que asumió su cargo el señor ministro de Defensa Hammond estará muy ocupado controlando cuántos soldados británicos envía a las guerras que ha declarado, pero no dudo que en algún momento habrá tenido tiempo para leer a la escritora Margaret Atwood, nacida en una de sus antiguas colonias, quien en 1993 en la novela La Novia Ladrona (The Robber Bride) da un consejo que su gobierno debería considerar: ‘La guerra es lo que sucede cuando fracasa el lenguaje’”

Ver texto completo acá

lunes, 18 de octubre de 2010

Rediscutiendo el "colonialismo"

Recomendable entrevista de Verónica Gago que publica hoy Página/12 al antropólogo Miguel Mellino.

¿De qué se trata lo “poscolonial”? Seguramente no de una superación, lisa y llana, de la herencia colonial. ¿Qué usos puede tener este debate para América latina? Tal vez un potencial de apertura de polémica si no se queda encerrado en la academia. ¿Se trata de un nuevo vocabulario para nombrar al Tercer Mundo? Algo más: una renovación del léxico político para captar las modificaciones de la geografía del capitalismo mundial. Antropólogo, radicado en Italia hace más de dos décadas, Miguel Mellino enseña en la Università degli Studi de Nápoles L’Orientale y en la Universidad de Bologna. En Argentina se ha publicado su libro La crítica postcolonial. Descolonización, capitalismo, cosmopolitismo en los estudios poscoloniales (Paidós), un texto clave para comprender las variaciones que encierra ese campo de pensamiento desde una perspectiva crítica. Mellino actualmente trabaja sobre una relectura de Frantz Fanon y sus últimos escritos teorizan las ciudadanías de diversa jerarquía que se multiplican en un mismo territorio como síntoma y alegoría de lo que llama el “capitalismo poscolonial”. Su preocupación política está ligada a los movimientos de migrantes, a las nuevas formas de racismo y a los modos en que el colonialismo persiste en el mundo actual pero también a los movimientos que lo combaten.