lunes, 22 de junio de 2009

VOTO A LA POLÍTICA


Compañeros del Colectivo Ciudadanía (http://www.mapas.org.ar/)me envían este artículo de Néstor Borri que me parece interesante compartir a pocos días de las elecciones.

Oficialismo y yo
(afirmación, pregunta, claro, por qué no, depende, jamás y ojalá)

Néstor Borri

nestorborri@gmail.com

¿Oficialista yo? Sí. Incluso: claro que sí

En esta etapa, en este momento, la verdad, me resulta entre insuficiente y eventualmente mediocre –perdón si la palabra es muy fuerte– la retórica del “apoyo crítico”. A esta altura, creo que tiene más consistencia de coartada que de argumento. Creo, más bien, que es un momento crítico para apoyar. ¿Para apoyar qué? ¿a qué? ¿al gobierno? ¿al oficialismo? Sí. Apoyar, siendo que hoy apoyar es votar. Y argumentar a favor del voto. Para mí y por mí, para otros, frente a otros y confrontando a otros que votan otra cosa, apoyan otra cosa o promueven el apoyo a otra cosa, abierta o sumergidamente, superficial o estructuralmente. Sé que el apoyo no se agota en el voto, y que hay mucho más que hacer además de votar. Y que cada ámbito tiene su propia racionalidad y lógica, mediaciones de apoyo, de disidencia o de combate.

Puestos hoy: creo que hay que votar al kirchnerismo, sabiendo que, en esta elección legislativa, se vota lo que ha de condicionar, sino las leyes, las reglas de juego de los próximos años. Lo que se vota es la legitimidad de la acción de gobierno y representantes para sostenerla. Y esto, según lo veo, no se debe a que haya algún tipo de intención distorsiva de la geometría republicana de la representación, con las llamadas “candidaturas testimoniales”. En todo caso se debe a que una elección adquiere sentido y consecuencias en la relación de fuerzas concretas que, en la sociedad, justamente, le asignan significado y le imputan consecuencias. Afirmo esto, lo asumo, con todos los límites del caso que se quieran señalar –límites a los que les doy la más franca bienvenida porque la democracia es el reino de los límites, la imperfección y hasta de la desprolijidad.

Siendo que lo que se vota es eso y en esas condiciones –y ya que lo que se vota no es idéntico a lo que se elige y, estrictamente, tampoco a lo que se decide– creo y sostengo que para seguir consolidando los procesos en los cuales los sectores populares –identidad y actor siempre en construcción, siempre parcial, siempre incertero– puedan seguir avanzando, no retrocediendo o al menos abriendo condiciones de avance o de no retroceso, el mejor escenario a la vista –y en perspectiva– es que el grupo que actualmente administra los resortes del estado desde el gobierno siga haciéndolo. Así podrán seguir desarbolándose unos procesos en curso en la sociedad y en el estado que benefician y beneficiarán a los sectores populares. A la consolidación política de sus intereses, por un lado. Y a su calidad de vida, por otro.

Al decir esto respecto a la elección y su sentido y consecuencias, no dejo de recordar que hay otros resortes del estado que no son el gobierno, que hay diferentes estados y sectores del estado, y sobre todo que hay otros poderes que no son el estado… a los que vale siempre tener en cuenta a la hora de analizar. Considerando este panorama decía, considerando que eso es lo que se elige –quiénes podrán seguir administrando esa cuota parcial de poder, lo mejor que veo a la vista, y lejos la verdad, es que el kirchnerismo pueda seguir gobernando, mantenga una legitimidad suficiente para continuar haciéndolo, de manera que se sostengan activas al menos algunas de las posibilidades abiertas por la secuencia histórica iniciada entre 2001-2003.

No se trata además de que sólo es lo menos malo que veo. También es, claramente, lo mejor que veo, en términos positivos. De lo real, de lo que está en juego. No de lo que quiero, desearía, me gustaría que haya. Eso no se juega en la elección. Dónde se juega eso otro es otro cantar.

Desde donde lo puedo analizar, lo analizo así: aún multiplicando por dos los errores, y dividiendo por dos los aciertos, seguiría sosteniendo la misma opción. Y, si me permiten exagerar, diré que admito incluso más que “dos” como factor de división y multiplicación.

¿Estaré ciego? Parcialmente, sí. Claro. Tengo visión limitada, sesgada, no veo que no veo, no sé lo que no sé. Sé que tengo esos límites: en el pensamiento, en las opciones y en el asumir esas opciones en acto. En estas condiciones decido, no en otras. Y, sabiendo más o menos eso, más o menos esto decido, y trato de expresarlo así.

En las condiciones actuales, considerando las relaciones de fuerza, considerando las opciones disponibles, lo que se puede votar, quiénes pueden ganar y perder y las situaciones y los diferentes escenarios intermedios, creo que hay que votar, cantado y casi me atrevería a decir cantando, al Frente para la Victoria. Justicialista, cierto.

Quizás pondría un pequeño matiz: creo que hay que construir frentes para triunfar en las elecciones, pero que debajo, al lado o alrededor de esos frentes debe haber frentes para construir poder político en las elecciones y más allá. Y que esos frentes han de ser para la victoria, el empate y la derrota. Ahí veo limitaciones, evaluó errores, discrepo en puntos no marginales.

Pero esto pienso: en ese movimiento trato de identificarme con los intereses populares a los que sólo puedo sumar y en los que sólo me puedo reconocer si tomo el riesgo de ir definiendo (definiéndolos, definiéndome, definiéndomelos) en el mismo momento en que los asumo y los nombro, porque no están ahí afuera como una realidad terminada antes de que mi “yo” y, en el camino, mi “nosotros” los reconozcamos. Que pena que no sea más simple, pero así es. No encuentro, mientras tanto, ningún camino de transformación que no comience con una furiosa bienvenida a lo que es.

¿Oficialista yo? ¿Por qué no? Y ¿cuál es el problema? ¿"Oficialista" o "yo"?

¿Cuál es el problema? ¿O, en realidad, no es un problema sino, acaso un pecado o sucedáneo de pecado?

¿Alguna ley de "la naturaleza", de la moral o de la religión –de cuál, además– indica que debo ser oposición, no oficialista, estar en contra del gobierno, del estado, del kirchnerismo, del peronismo, de este gobierno, del gobierno este, esta vez o todas, “en contra de” o “en contra” nomás? ¿Tiene otro status estar en contra? ¿Desde cuándo? (Esta pregunta, por la historia de esto, me parece que es importante) ¿Se pierde qué cosa, qué dignidad, qué alma, qué pureza, qué lucidez, qué razonamiento al no estar “en contra”?

¿Cuándo se naturalizó que sólo oponerse, criticar o estar a “distancia de” –en el mejor y más sofisticado de los casos– es lo correcto, lo bueno, lo espléndida, cómodamente lúcido?

O, quizás, quién sabe, lo que molesta es el “yo”. No sólo el cada uno, el cada cual. El “yo”. Ese pasar del “se” al “yo”. El expresar adhesión en primera persona. Del singular.

¿No será que, en tiempos de tanta condena al individualismo, cuando alguien dice, decide, decir yo adhiero, alguna cuerda secreta pulsa, alguna frontera oscura cruza, y reconstituyendo una opinión personal, individual, singular, transgrede el mandato de (someterse a la) tribu, aunque más no sea de la paradójica tribu de los que no adhieren a nadie salvo al no adherir?

¿Oficialista yo? Jamás.

O quizás: oficial es el poder de lo ya constituido. El poder concentrado, fáctico. El consenso concentrado del poder hegemónico, valga la redundancia. Que no es el Estado. Que no es “el oficialismo”. Ese poder concretado es “lo oficial”: el pensamiento único –contradicción en los términos, pero, al mismo tiempo, realidad contundente, aplastante, omnipresente, asfixiante en tal grado que parece ser el aire mismo. Realidad única. Posibilidad única. Futuro fatal. El debe ser. Como es. Statu quo.

Apoyo a un partido político, a una propuesta de gobierno, a este oficialismo, al kirchnerismo, sí –si es que hay que decirlo, finalmente con las palabras de la moneda de cambio, para entenderse, porque tampoco puede uno andar hablando definiendo cada termino, o en jerga de politólogo que uno no es…–. Apoyo, decía, creo que hay que apoyar, tengo argumentos para apoyar y –en este caso específico votar– al kirchnerismo para oponerme –aquí sí, sí…– al poder concretado, a la concentración del poder, que a veces declama llamados a la pluralidad, y al poder de facto, que se desvive por la institucionalidad. Apoyo al kirchnerismo porque estoy contra el oficialismo de los poderes fácticos, del poder constituido. Mediático concentrado, económico concentrado, de hecho ajeno a todo cuestionamiento porque se escapa, se esconde como “poder” a todo cuestionamiento: se autoinvisibiliza…

¿Oficialista yo? Depende

Puedo elegir. Puedo pensar. Con mis herramientas, mis recursos limitados. Creo en eso. Como posibilidad y como característica constitutiva. Creer eso es una posición ética, previa a lo demás.. Entonces, depende. Depende de qué signifique ser oficialista. Depende de qué grado, qué márgenes de elección tenga. De qué haya para elegir. Todavía siento que hay demasiado más margen para optar entre lo que existe que condiciones o posibilidades para crear esas opciones entre las que se elige. Esto me acucia en mi vocación y en lo que quiero, pero no me resulta desesperante. Y, con esto, en situaciones siempre provisorias y parciales, dependientes, mortales, puedo ejercer un margen de decisión propia, de pensamiento mío, y entre esas opciones, para que sean efectivamente opciones, para ser pensamiento, tengo que hacer el esfuerzo de no dejar, a priori, ninguna opción fuera del abanico. Ni siquiera la de ser oficialista. Con todos los depende que quieran, y debido al valor positivo que les asigno a esos “depende”, la respuesta es “sí”, entonces.

Oficialista, yo: sí, pero ojalá pueda ser algo mejor. O nombrar, conversar y construir mejor lo que soy y puedo ser

Prefiero otros cortes para definirme. Tengo que crear condiciones, fuerza social y capacidad subjetiva para pensar en otro idioma que no sea “oficialismo-oposición”. Aún sabiendo que también algunos de los que proponen otros cortes en realidad quieren pensar o invitan a que me piense desde a impotencia política, o desde fuera, a secas.

Las definiciones circulantes me resultan insuficientes. De un lado, porque en gran medida son impuestas por un conjunto de “administradores” de los a priori del pensamiento y del “repertorio de categorías” para pensar y para ponderar las ofertas y las opciones.

De la otra orilla, porque como sociedad nos pensamos pobremente; el tipo de cultura política que reproducimos no está a la altura de nuestras propias circunstancias.

La tercera orilla es la que no hemos construido: no hemos invertido suficiente fuerza, probablemente, personalmente yo tampoco, para ofrecernos, ofrecerme, ofrecer, confrontar, aportar, con otro tipo de categorías políticas para pensar, con otros ámbitos para debatir y otras identidades con las que batallar, con las que marcar el campo de batalla y con las que comprender en qué campaña se está, qué se nos juega. Y de qué lado estamos.

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